Quien no los hace, los ve hacer. Es la única regla del fútbol. Y por no hacerlos, el Cali se ve hoy sin la posibilidad de conquistar su novena estrella y yo, sin plan de estadio el domingo. A pesar de mi mejor esfuerzo por lograr que el destino de este equipo me sea indiferente, me encontré ayer con un sentimiento viejo y familiar: la desilusión.
No merecía pasar el Nacional. Fue más equipo el Cali en ambos partidos. Pero la historia jamás ha sido forjada por quien “merece” hacerla, sino por quien la logra hacer, y ese partido de ayer fue una crónica repetida que recalca la historia de nuestros varios triunfos “casi” logrados. El monstruo de esta vez fue de tres cabezas: Pezzuti, Palomino y la más grande, Centurión. Los dos primeros, con acciones opuestas, consiguieron solos la clasificación del Nacional. Pezzuti tapando goles durante los 180 minutos y Palomino haciendo ese fatídico gol que llevó la serie a penaltis. Nada afectó más al Cali que no poder definir a causa de un arquero contrario brillante. El Cali fue ofensivo y tuvo varias oportunidades de liquidar los partidos, y tengo que admitir que esta vez el problema no fue errar en la definición, como tiende a serlo. El balón siempre fue desviado, detenido o atrapado por Pezzuti que se coronó como gran figura en ambos partidos. Pero fue Palomino quien acabo con el Cali. Ese gol que marcó, no fue un gol de empate sino de victoria, pues al hacerlo, acabo con la psicología del Cali, y en los deportes pesa más la cabeza que el mérito o el talento (sino, que lo diga Falla que casi ha hecho historia varias veces).
Y aunque insisto en alabar el trabajo de Pezzuti, debo aclarar que no creo que ni el mejor arquero sea capaz de lograr un título, mientras que si puede ser directamente responsable de perderlo. Caso específico: el Sr. Victor Centurión. El Paraguayo fue un fiasco durante toda la temporada dividiendo al Cali en dos equipos: el ofensivo y el defensivo, y parecían competir entre ellos. Los esfuerzos ofensivos del Cali se veían cancelados por la falta de seguridad en la portería. Gol que hacíamos equivalía a gol que Centurión se dejaría hacer, hasta que el equipo entendió que no había defensa y que la única manera de defenderse, era manteniendo el balón lejos del arquero. Y si bien creo que la mejor forma de defenderse es teniendo posesión del balón, la seguridad de un equipo empieza con su línea defensiva, de la cual el centro, siempre será el arquero. Y el Cali, siempre ha tenido grandes arqueros. La contratación de Centurión hiede a la corrupción que parece apoderarse del Cali porque carece de toda lógica. Aunque en los últimos años la “lógica” parece evadir a nuestros prestantes dirigentes que consideran mejor negocio vender a un jugador como Fabián Castillo a un equipo de la MLS por un valor inferior del que ofrecía un club inglés. No sé quien se benefició de esa transacción (y tengo claro que debió ser alguien), pero al pobre Castillo lo mandaron a jugar a una liga inferior por menos plata y puedo casi afirmar que su nombre se unirá a esa lista infinita de talentos prometedores que hemos dejado perder.
La desilusión siempre pesará en el corazón de un hincha, pero la ley de la compensación (y Fito Paez) nos han ensañado que “todo lo que (nos) hace bien, siempre (nos) hace mal”. El problema es cuando la desilusión no es puntual ni específica, sino general y constante. Y mi dolor no lo causa una semifinal perdida, sino la falta de valores en los dirigentes de una institución que crecí adorando. He visto que los intereses personales han establecido como patrón la mediocridad e irregularidad en un equipo que bajo cualquier lógica, debería ser uno de los grandes del país. Por eso, he llegado a entender que solo hay dos opciones: que cambie el Cali o cambie lo que yo siento por él, y lamentablemente, la más probable, es la única sobre la que tengo control. Así que seguiré haciendo mi mayor esfuerzo porque el futbol nacional me sea indiferente. Mientras lo logró, me despido diciendo que espero de todo corazón que el Tolima humille al Nacional.
E.
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