Fue tan profundo como fue pasajero. Así como son los amores de verano. “Affairs” de altibajos intensos
y de emociones que parecen dominar nuestro mejor sentido lógico. Los días transcurren colmados de
expectativa y las noches llenas de vivencias incitadas por el límite del tiempo que las obliga a buscar
ser perfectas. Pero nunca nada lo es, pues “el tiempo, sin embargo, no es eterno. Y vive de promesas
incumplidas” y eso exactamente fue el Mundial Sub-20. Un romance veraniego al que le faltó espacio, y
que hoy se torna en un recuerdo que embruja con las imágenes de una felicidad vivida y terminada antes
de tiempo.
Tres semanas de fútbol culminaron tres años de inmensas expectativas. Al mejor estilo de Hollywood,
entramos a la película mundialista con las apuestas en contra. Un protagonista (Colombia país,
no selección) con una imagen deteriorada y un pasado oscuro en el que habíamos rechazado la
oportunidad de organizar el mundial de mayores (1986). En esa ocasión, el país tuvo que declinar ante
la imposibilidad de cumplir con los requerimientos de la Fifa para llevar a cabo el evento, incluso cuando
habían designado la sede con más de diez años de anticipación. Aquí parecía repetirse la historia. A
pesar de saber desde Mayo del 2008 que seríamos la sede del mundial Sub-20, las remodelaciones
de los estadios empezaron tarde, costaron más de lo que debían y las obras fueron entregadas en el
límite del tiempo. Pero bueno… con estadios listos y un país prendido llegó Julio del 2011. La hora de la
verdad.
Tocaba lucirse. Estábamos advertidos. Hacía 4 años el mismísimo Joseph Blatter se había negado
rotundamente a la posibilidad de que organizáramos el mundial de mayores del 2014 diciendo que la
campaña de Colombia por conseguir la sede no era más que una “cortina de humo” para desviar la
atención de los problemas políticos por los que atravesaba el país. Tras la persistencia del gobierno, la
Fifa cedió y asignó el mundial sub-20, pero casi que de mala gana.
Lo opuesto era cierto de nuestra selección. Además de ser anfitriones, veníamos de obtener un cuarto
lugar en el mundial Sub-17 de Nigeria (2009) con una base similar de jugadores, la medalla de oro en
los juegos Suramericanos del 2010, y el campeonato de Esperanzas de Toulon tan solo un mes antes.
A eso había que sumarle una campaña de medios responsable por hacer a la afición colombiana mejor
conocedora de su selección sub-20 que la de mayores. Y bueno, como quien olvida su historia está
condenado a repetirla, en este país no solo éramos “favoritos”, sino que nos dábamos por certeros
campeones.
Y, ¿cómo no creerlo? Todos los astros parecían alinearse para que ese fuera nuestro destino. Había
selección, había ambiente y había afición. En Medellín la fuerza policial le daba la bienvenida a la
Selección Inglesa a ritmo de salsa (hecho que fue noticia en las páginas de la prensa inglesa). La
selección Brasilera piso Barranquilla para encontrarse con un carnaval digno de sus propias tierras. Y
en Bogotá, hasta los buses del transmilenio proclamaban que aquí “nos vamos en ‘transmi’ pal estadio”.
Colombia entera estaba paralizada con el evento… estaba enamorada y en romance con “nuestra
fiesta”.
Nuestro romance vivió una cita inaugural que desprestigiaba los esfuerzos colectivos (de la sede),
manchando de mediocridad uno de los momentos más esperados. Y tras una secuencia de acusaciones
patéticas con las que buscaron infligir la culpa del debacle inaugural a elementos tan intrascendentes
como las luces, la lluvia y la transmisión, quedó Barranquilla en la memoria colectiva como la única
ciudad incapaz de entender la magnitud del evento y de asumir la responsabilidad que tenía como sede
inaugural. (Hecho que la federación ahora recompensa entregándole a esta misma ciudad, la sede de las
eliminatorias al mundial. ¡Excelente decisión!)
Pero en esas primeras instancias de seducción romántica, los errores nunca son problemas, solo por
menores. Y al otro día, en una lluviosa segunda cita, nuestro seleccionado terminaría de conquistarnos
con un contundente 4-1 ante la selección de Francia. Con ese partido, nos perdimos en el embrujo. Nos
dejamos llevar por el coqueteo de los colores, las banderas, los pitos en las calles, las pelucas del Pibe y
los estadios LLENOS y, ante todo, en paz. El romance estaba en furor y ese partido fue como un primer
beso: lejos de ser perfecto pero desbordantemente emocionante. Toda la expectativa que se generó
en el preámbulo se vio absolutamente recompensada en una diferencia de marcador que hacía mucho
tiempo el pueblo Colombiano no celebraba. Esos cuatro goles despertaron un sentimiento antiguo que
nos transportó a épocas remotas de gloria y de goles. Y ante eso, obviamos los males que desde ese
primer instante se advertían y labraban el camino a nuestra ruina: un equipo partido en dos, una defensa
débil y un mediocampo bastante irregular que otorgaba espacios que cualquier rival de peso sabría
concretar.
Tras sobrevivir un agónico encuentro con Costa Rica en octavos de final, un trio de goles aztecas
proclamaron el final de “nuestra fiesta”. A pesar del talento que sobraba en la cancha, hubo falencias
que acabaron con el sueño colectivo de un pueblo. Pero los errores más graves se cometieron desde
el banco por una dirección técnica que pretendió sorprender con su propuesta innovadora, en vez
de corregir las carencias y plantear tácticamente los partidos de acuerdo al rival. Esa noche de duelo
se silenciaron los pitos que habían entonado en unisón la hermosa canción celebratoria tras cada
presentación de nuestra selección. Pero ni siquiera la ausencia de nuestra tricolor pudo acabar con
el amorío. Pues el romance nunca fue del todo con la selección. Fue con el fútbol. Fue con el gran
espectáculo que fue nuestro mundial.
El país se lució. Pues no creo que exista mejor anfitrión que ese que realmente quiere serlo. Y el mismo
Sr. Blatter que tan renuentemente aceptó darnos el mundial sub-20, proclamó públicamente que este
había sido el mejor mundial de la historia en su categoría y que nuestro país estaba listo para pretender
un mundial de mayores (cosa que todavía no es del todo cierta, pero que sin duda, puede llegar a serlo
ahora más que antes).
El día de la final fue agridulce. Un estadio a reventar, dos partidos espectaculares, una clausura de
categoría que erizó de emoción no solo a quienes lo vivimos, sino a quienes lo veían por televisión,
un show musical increíble y un record de asistencia que afirmaba que “De Donde Vengo Yo” estamos
absolutamente enamorados de este deporte. Que este es un país de fútbol. Nuestra camiseta invadía las
graderías del Campin pero hizo falta sobre el césped de este mismo. Y como con cualquier romance que
acaba antes de tiempo y sin satisfacer nuestras expectativas, ese día nos preguntamos más que nunca:
¿Qué fue lo que hicimos mal? ¿Qué fue lo que no alcanzó para llegar?
Pero incluso sin ganarlo, el mundial fue un triunfo. Tuvimos tres semanas de un nivel de fútbol que
estamos lejos de tener en el torneo local. Vivimos el regreso de las familias al estadio por la seguridad
y la paz que se respiraba, incluso sin las rejas y las restricciones. Volvimos a pintarnos las caras, a
creer en Colombia y a apoyar con lealtad. Así que a pesar del final impuesto del romance, queda el
recuerdo de una gran vivencia e incluso de pronto, el despertar de una nueva era de buen fútbol y de
celebraciones en paz.
E.
blogs.eoe@gmail.com