Clásico: Dígase de todo aquello que sobrevive el paso del tiempo y conserva intacto su valor y su esencia.
Soy fan y conocedora de lo clásico. Pues ya que nací absolutamente fuera de época, su definición enmarca el contexto de las cosas que más me gustan en la vida: todo aquello que trasciende y adquiere el status de “inmortal”. “Casablanca”, Borges, “El Puente de Charing Cross” de Monet, Lucho Bermúdez, y obviamente, el Pibe Valderrama, la camiseta roja de Adidas y el 5-0. Simplemente, clásico.
De acuerdo a estas referencias, denominar un encuentro entre cualquier dos equipos de la Dimayor como “clásico” no solo es ficción sino que raya en lo ignorante. Y si… Soy del Cali, y como tal admito que ganarle al América, más que a cualquier otro equipo, es un placer paradisiaco. Sobre todo cuando vamos dos goles abajo y con el estadiecito ese que les están prestando para que les sirva como “casa”, lleno. Pero para ser sincera, vi mejores partidos en los recreos de mi colegio y en esos juegos, mucho mejores arqueros.
Yo antes viajaba a Cali a ver un clásico, pero es que lo era. La única resonancia del partido del sábado con los partidos de hace 10 años es la legión de apellidos conocidos: Candelo, Asprilla y hasta un Andrés y un Pablo Escobar. Este último fue el único que se puede decir que honró a su ancestro por lo malo que es. Es que hasta fallaron imitando esa celebración “clásica” de gol que todos reconocemos por suceder los mejores goles de nuestra historia. No hay derecho.
Más allá del partido, oír a un comentarista de RCN calificar el encuentro del sábado pasado como “vibrante” ofende la inteligencia de cualquiera que tenga acceso a ESPN.¿Será que piensa que quienes lo estamos viendo no sabemos de fútbol? ¿O que estamos sentados en frente del televisor en un gesto de fanatismo hacia el Futbol Profesional Colombiano? Por dios, los únicos que aportamos a los ratings de la “Futbolmanía” somos los que no tenemos mejor plan. Pero es que estoy por pensar que los periodistas son los principales alcahuetas de esa mediocridad futbolística. Todos, sin excepción, salieron a elogiar la presentación de la Selección Colombia frente a España hace unos meses como si algo de lo que hubieran visto en ese partido fuera atípico. Por favor, la misma rutina de desperdicio de goles, falta de mediocampo y la tendencia innegable de pararse bien y con fuerza ante un rival de primera categoría. Así como se paran contra Brasil y Argentina en las eliminatorias para después perder contra Venezuela en casa.
Que el asesinato de una lechuza sea la noticia futbolística más destacada de la semana y que Leider Preciado sea titular de uno de los equipos más tradicionales de la Dimayor dice mucho sobre el nivel del fútbol profesional de este país. Ese señor tiene los años que tiene el último gol que marcó Colombia en un mundial y como 15 kilos que hacen imposible que se le considere un delantero, incluso ante una descripción liberal de dicha posición. Nuestro fútbol es pésimo. Los jugadores no saben hacer un cambio de frente, y si por milagro o con la ayuda de la corriente de viento lo logran, quien recibe la bola no la sabe bajar. Los tiros al arco parecen ser impulsados por una estrategia de ventas de Golty porque todos los balones terminan en las graderías y los arqueros no parecen entender que un saque de meta no es un balonazo a la raya lateral que sirva como excusa para ventilar sus frustraciones personales.
El nivel está afectando a la hinchada y eso se refleja en la venta de camisetas, en los ratings de televisión, en la euforia y en la taquilla. Los únicos que van al estadio son los que utilizan el fútbol como un escudo para manifestar sus impulsos violentos, pues no hay nivel en los equipos hoy en día que puedan causar o justificar una fanaticada ferviente. Cien muertes hubo en la celebración del 5-0 contra Argentina, pero ese partido fue histórico y aun así no justifica el valor de una vida. Pero que ocurra, así sea una cuarta parte de eso por un encuentro mundano e irrelevante de verdad no tiene razón de ser. Por eso es triste ver que lo único que parece no cambiar sino incrementar en estos “clásicos” es la violencia que ocasionan.
Pero lo que es realmente más triste de tener que ver un partido de estos es que me recuerdan lo que ya no significan para mí. Ya no reconozco en los colores de esa camiseta que, admito como un amor clásico en mi vida, lo que inspiraba antes. Sí. Me dio satisfacción el triunfo del sábado por la tradición de lo que simboliza. Pero un triunfo ya no me llena ni una perdida me descompone. Esa camiseta está lejos de causarme lo que me causó algún día y eso no es solo culpa del nivel, sino de los directivos. Los jugadores pasan y la camiseta se transforma, pero la responsabilidad de mantener la integridad de un club es absolutamente de quienes dirigen. Ya no hay sentido de pertenencia al equipo. Un jugador dura máximo dos temporadas porque el Cali se ha vuelto un agente de bienes raíces y entre otras, uno bastante cuestionable. Han formado en su cantera a la mitad de la selección Sub-20 y cada temporada vemos como de las inferiores sube una nueva promesa. Perocualquier jugador comprado o formado que no presente tendencias paupérrimas, es vendido antes de tiempo, por debajo de su valor y a un equipo que no lo usa. En últimas, el jugador se pierde y la única persona que se beneficia de esa transacción es la mujer de algún miembro de la junta a quien, en un gesto celebratorio, le compraron un mercedes nuevo.
Atrás ha quedado la época clásica delfútbol de este país. Y sí… iremos al Mundial de Brasil a jugar la primera ronda (y ni una ronda mas), y no porque adidas esté patrocinando la camiseta ni porque el ‘Bolillo’ de repente sea capaz de hacer algo que no ha logrado hacer nunca sin la ayuda de Maturana. Sino porque Brasil no juega eliminatorias, y porque decir que Bolivia, Venezuela y Perú son mejores candidatos al cupo de repechaje que algún miembro compasivo de la FIFA sugirió mantener en la Conmebol, es antipatriótico. Lastimosamente, el optimismo de los hinchas ha sido reemplazado por un cinismo pasivo. Pero eso es lo que pasa cuando un país de aficionados produce posibilidades en vez de resultados. Se acaba el buen fútbol, o bueno, por lo menos la disposición para esperarlo.
E.
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