Entre Nigeria y Sudáfrica
Noviembre 09 de 2009“Karma”. Eso fue lo que pensé mientras veía al joven Gustavo Cuellar acomodarse a patear el penalti por segunda vez ante Argentina en octavos de final. Esta vida, que es más de ciclos que de caminos, estaba haciendo un giro trágico hacia su inmutable final. El mismo jugador… La misma (inusual) situación, con la variación del orden de los factores y el rival que tenía enfrente. Una cosa son los colores alegres y medio desordenados de un equipo africano, otra muy distinta el imponente albiceleste argentino.
Y efectivamente, lo botó. No hubiera querido estar en su lugar. Era una hazaña difícil de repetir, sobre todo contra esa camiseta que intimida a pesar de sus tonos suaves. Hay demasiada historia escrita entre esas líneas de azul y blanco para casi justificar la arrogancia que los caracteriza.
Ahí di por concluida la presentación de la selección en Nigeria. Era lo lógico. Faltaban 20 minutos, era Argentina, botamos el penalti del empate, la moral debía estar por el piso. Lo normal era perder. Además con el partido ante Gambia habíamos agotado nuestra cuota de suerte. En ese partido nos tocó el punto blanco del yin, y en este nos correspondía el punto negro del yang. Era la ley de la vida. Lo que vi y viví después de ese penalti y durante los 120 minutos de juego oficial ante Turquía no lo esperé. Fue, como esta selección, deliciosamente anormal. Y después de una definición de penaltis que me dejo sin ganas de almorzar, decidí volver a estos medios cibernéticos para expresar mi felicidad.
Nunca antes había visto a la selección (de cualquier categoría) remontarse de un 2-0 contra Argentina. Nunca antes vi la lucha, la entrega, el ímpetu y la convicción con la que esos jugadores enfrentaron ese partido. Y, para sorpresa de todos, ante el empate, no desfallecieron. No jugaron a prolongar el partido. Lo liquidaron con el tercer tanto y después de eso, salieron a buscar el cuarto. Y nos dieron a todos la alegría remota de ver a Argentina rendido y llorando. “Para que la mamen, y la sigan mamando” o no, Diego Armando?
Ante Turquía esa felicidad solo aumentó. En el minuto 90’ solté un grito de GOL que había olvidado existía dentro de mí. Había quedado enterrado entre el baúl de las nostalgias de un imperio de futbol caído. Hace mucho no grito un gol. Lo aplaudo con la obligación que tengo de aplaudirlo, que es la misma que quienes lo meten sienten al celebrarlo. Independientemente del puesto que terminen ocupando, el ALMA que han dejado sobre el campo estos jóvenes, es una lección para los mayores que sienten que ponerse esa camiseta amarilla y salir a representar a 44 millones de enfermos de fútbol, es un derecho y no una gran responsabilidad.
Pero no todo es color de rosa. Es muy destacable la lucha, pero al equipo se le ven fallas. Son más las individualidades que el juego colectivo. Y no puedo evitar preguntarme, ¿qué hacen de suplentes los tres hombres (Cataño, Barros & Blanco) que han entrado a resolver los últimos tres juegos? No siempre tendremos la suerte de resolver sobre los minutos de reposición. Puedo otorgarle al Sr. Ramiro Viáfara (sobre quien no se mucho) el beneficio de la duda, y pensar que sus razones tendrá para arriesgar morir de hambre teniendo la nevera llena. Pero esas decisiones sin sentido lógico crean una sombra de duda acerca del futuro. Si bien este grupo de jóvenes pueden ser los responsable del regreso de Adidas o Reebok como modistas de la tricolor, también, por burocracia, y malas direcciones y decisiones, pueden quedarse (como tantos otros) en promesas de lo que “pudo ser”.
Quiero pensar que este equipo es nuestro futuro. Pero no puedo ignorar el pasado, pues quienes lo hacen, están condenados a repetirlo. Y yo, tristemente, tengo muy buena memoria (no como la mayoría que olvidaron lo que era este país antes del Sr. Uribe). Dos veces antes hemos llegado a semifinales en mundiales juveniles (tanto Sub-20 como Sub-17). Dos veces antes hemos quedado campeones del torneo Esperanzas de Toulon. Y ¿Quién no recuerda a una de las más grandes promesas de todas? El que, a sus cortos 16 años, nos dio el tercer GOLAZO contra Argentina en la Copa América de Paraguay ’99, y se convirtió en el jugador más joven de la historia en marcar un tanto en un encuentro profesional internacional. Hoy en día, de Johnnier Montaño solo sabemos que quiere nacionalizarse como peruano. Y con razón, quizá. No sé qué es lo que le pasa a las inferiores de este país, que cuando cumplen 23 años dejan de rendir. Pero hay un patrón que no favorece al desarrollo de estos jugadores, y del que tienen que ser conscientes los directivos para que alteren el resultado del proceso. Ya ha habido suficientes promesas sin cumplir.
Estos “pelaitos” son una razón para soñar. Son una razón (real) para pensar en el 2014 y en el 2018 y en el 2022 por lo que tenemos, y lo que, con ellos es posible lograr. Estos de verdad son los “GRANDES”. Y están por encima del Karma porque no dependen de la suerte, sino de su lucha y de su fuerza. La misma fuerza que tuvo el Once Caldas cuando ganó la Libertadores, pues no era el “mejor” equipo de América, pero si era el de más entrega. Y esa copa que levantaron (y luego destrozaron), la merecían porque era el premio, no al talento, sino al inmenso esfuerzo. A la gran batalla.
La diferencia entre la Sub-17 que está entre los cuatro mejores de Nigeria y los mayores que no merecieron ni el repechaje para llegar a Sudáfrica, es la razón por la que juegan. Estos juegan como los niños que son. Juegan a hacer un gol por besar el escudo que llevan en la camiseta. No por los agentes, ni por los contratos, ni por la publicidad o la prensa. Juegan tratando de honrar el ancestro al que pertenecen y con la humildad de querer merecer un puesto entre los grandes de nuestra tierra. Juegan contra el reloj, y a pesar de las probabilidades. Y aunque pierdan, siguen luchando. Aunque se equivoquen, siguen intentando. De donde yo vengo, esa es la verdadera “grandeza”. No hacer una tripleta ante el Cúcuta o el Pereira.
Este es un grupo que promete como equipo, no solo como individuos. Que además de tener el talento que se le ha visto a otros, tienen el alma (y la garra) que se le ha visto a pocos. Y espero que la Federación reconozca la RESPONSABILIDAD que tiene en sus manos de educar y cultivar estos futuros talentos. Que no pueden dejarlos perder, como dejaron perder a Tressor Moreno y a Johnnier Montaño. Que merecen un buen técnico, que los asocie y los enseñe a utilizar sus fortalezas individuales en pro del equipo. Que necesitan preparación física pero, sobre todo, sicológica para que ante el triunfo se mantengan luchadores y humildes, y no caigan, como tantos otros en “las tumbas de la gloria”. Todo esto, porque ellos merecen un futuro, y nosotros merecemos una selección. Una nueva ilusión.
Y con eso, solo me queda decirle a la Federación, que ya encontramos quien la luzca, y quien la lleve a cuestas. Ahora solo falta rediseñar la camiseta.
E.
blogs.eoe@gmail.com