Eder Torres RosasLos hijos de Lara
Septiembre 26 de 2008
El profesor Eduardo Lara está inquieto. El jueves dos de octubre dará a conocer la lista de jugadores convocados para los partidos ante Paraguay y Brasil, una responsabilidad que se le encomienda más por necesidad que por convicción, pero que puede ser el punto de partida para redondear integralmente un proceso juvenil-mayores que en cinco años ha suscitado muchos aplausos. El estratega tiene la oportunidad de demostrar sus dotes como seleccionador a través de una materia prima que conoce de sobra, pero que ya se transformó en un producto con características distintas. Incluso Lara, no descarta jugársela con “otros”.
Sé que muchos tuvimos que leer en la época estudiantil el libro “Ética para Amador” de Fernando Savater. Allí el autor le entregaba a su hijo múltiples consejos, reflexiones y axiomas sobre el siempre incomprensible arte de vivir. Sin embargo, el escritor español llegaba a la conclusión de que cada quien debe labrar su destino sin trampas, responsablemente, en libertad. Se declaró incompetente de intervenir en las elecciones del otro, incluso siendo su padre, aquel que enseña pero no elige el camino a seguir.
Lara ha manifestado que en estos dos partidos tendrá en cuenta en primera instancia a jugadores que conoce de tiempo atrás y que obviamente estén precedidos de un buen momento. La lógica indica que serían aquellos con los cuales logró el cuarto puesto en el Mundial Sub-17 de Finlandia 2003 y el título en el Campeonato Suramericano Sub-20 de 2005, que no son otros que Rodallega, Zúñiga, Ramos, Guarín y Aguilar, entre otros, sus “hijos naturales”. A todos los conoce, existen vínculos afectivos y quizá la impresión general de que se van a “romper” en la cancha en nombre de su mentor. Sólo un detalle: ellos no son los mismos de antes. Lara tampoco será el de tres años atrás.
Las costumbres heredadas del fútbol internacional, un estilo de vida perfumado con el inevitable aroma de la fama y una chequera superior a la de su “padre” son argumentos suficientes para pensar que los “muchachos de la sub-20” han crecido. Actuarán y se comportarán de una manera diferente en la concentración, no porque estén “agrandados”, simplemente porque son distintos. Tienen ganas de ir a un mundial, pero no el hambre por mostrarse y venderse al exterior, muchos menos demostrar sus condiciones en cada partido. Así que asegurar tajantemente que el éxito está garantizado porque fueron campeones en el eje cafetero en 2005 bajo la tutela de Eduardo Lara es temerario. Ya el “profe” entregó las bases en el pasado, “redactó” el manual para sus “hijos”, enseñó el camino y triunfó en su momento… la elección de jugársela por él y cambiar de actitud no es de su resorte.
El espectro se abre y aparecen los que podríamos denominar como los “hijos adoptivos” de Lara, en caso de ser convocados. Aquellos que no nacieron en su seno, no educó, no regañó ni felicitó, pero que pueden llenar un espacio afectivo ante un país de capa caída. Surgen nuevamente nombres que parecen antiquísimos como Farid Mondragón, Juan Pablo Ángel o Iván Ramiro Córdoba, además de jugadores que no son parte de su herencia como Fabián Vargas, Amaranto Perea o Jossimar Mosquera. No los conoce de cerca, pero espera abrirles un lugar en la selección. Deberán demostrar, eso sí, que quieren pertenecer al equipo y aportar positivamente en la causa mundialista.
¿Quiénes predominarán en la convocatoria, los naturales o los adoptivos? Difícil pregunta a una semana de conocer la lista para enfrentar a guaraníes y auriverdes. Lo cierto es que sea cual sea la elección, el combinado patrio es una familia. Alrededor de ella deben aglutinarse todos los estamentos de nuestro fútbol para arropar a los jóvenes y los maduros. Lara es el responsable de los nombres, pero no de los hombres, porque unos y otros ya están hechos y derechos. Las canchas de El Campín y el Maracaná serán los escenarios para que ellos manifiesten el amor filial ante un país que se niega a perder la ilusión.